Hablar de dinero

Sumario: discuto el mito del éxito y cómo me provoca desesperanza

Leí hace poco en el fedi una publicación que decía “Es de mala educación hablar de dinero porque de eso habla la gente pobre”. La idea se me quedó rondando en la cabeza asomándose de vez en cuando, en especial al pensar sobre las ocasiones en que alguien me recomendó que busque otro trabajo, o que vuelva a dar clases, o que ahorre. Es verdad: me repele hablar de dinero, del trabajo. Nueve horas y media paso en el laburo seis días de la semana; lo menos que quiero es percatarme de ello. Pero no es sólo por esta realidad, que ya de por sí es deplorable, que siento esta repulsión, sino también porque es descorazonador el compararla con lo que se me prometió toda mi vida y que quizá (quizá) pudo ser: un paso descomplicado por la universidad, seguido de un trabajo en la academia o bien un posgrado ya fuera en el país o en el exterior; una casa, quizá una familia; un pasatiempo, amigues; una causa. Sobre todo, un camino.

Un camino. De niñe soñaba con ser escritore de ficción. De adolescente quise ser escritore pero también físique, matemátique, diseñadore de videojuegos, sociólogue, docente. Soñaba con trabajar en una linda oficina de una pequeña empresa con compañeres agradables. Idolatré a Google y a Mojang por igual. Mi vida iba a ser bella, no podía ser de otra manera. Los monstruos que a mis ojos en ese entonces tenían capturada la política nacional desde hacía más de una década iban a caer en cualquier momento; se restituiría el orden constitucional; habría democracia, prosperidad. Y si no ocurría pronto, yo iba a ayudar a que pasara. Iba a ser portadore de luz, una pequeña lumbre que apartaría un poco las tinieblas en que estaba sumida la “cultura venezolana” (expresión que no sabía qué significaba). La oscuridad: egoísmo, despotismo, violencia, nepotismo, idolatría.

Se me prometió que podría lograr lo que me propusiera. Desde pequeñe he tenido una familia que me apoya en todos mis proyectos. Se me educó en colegios progresistas; entré becade a la universidad privada; también estudié becade en el exterior. Incluso cuando vine a Argentina tenía grandes expectativas: completar mis estudios en un contexto más estable que el de mi ciudad natal, ganar experiencia y herramientas para volver y ayudar a realizar los cambios “culturales” que tanto anhelaba. Traer (ya fuera de vuelta o por primera vez) la democracia a Venezuela.

La Argentina de Macri me tomó por sorpresa; la Buenos Aires de Larreta infundió en mí una melancolía insólita. Al llegar no sabía cómo interpretar mi situación. Había descubierto el socialismo y el anarquismo ya un par de veces en el pasado pero no me terminaba de abrir a ellos, temerose de volverme une chavista, lo cual en mi mente era lo mismo que volverse un monstruo o une crédule. Igual ser peronista.

El mito gringo del “temporarily embarrassed millionaire”, o sea del “millonario temporalmente avergonzado”[1] aún me calaba (y me cala) los huesos. Pensaba: “Pasaré uno o dos años de trabajo duro, pero pronto conseguiré un buen trabajo o me las arreglaré para trabajar por mi cuenta, y así podré terminar mis estudios en calma y entonces volver a Venezuela, donde también conseguiré trabajar y ayudar a mejorar las cosas”. Era, pues, une más de les venezolanes de clase media que han estado migrando a otros países en los últimos años, de eses que se proponen montar negocios, o escalar las jerarquías corporativas; es decir, que buscan en el exterior el éxito que se les prometió y que nunca pudieron alcanzar en su país de origen. Yo me las daba de muy crítique de este éxito (habiendo empezado a estudiar Filosofía), pero igual me decía: “Si elles pueden, yo también tendré mi éxito, aunque no sea como el suyo”; pero lo era (lo es), aunque no quería (no quiero) admitirlo.

Ahora no quiero hablar de dinero porque a un tiempo me da esperanza y me descorazona. El mito del éxito se transforma configurándose a los nuevos sueños, de manera que se cuela en ellos para que parezca que es paso indispensable para lograrlos (incluso si en última instancia lo niegan). La construcción de autonomía (la genuina autonomía que se desliga del mercado y se opone a este) requiere tiempo, ¿y quién tiene tiempo si no quien tiene un buen trabajo? “Ya vez”, dice el sagaz éxito, “la autonomía que buscas requiere de autonomía mercantil. Sólo siendo tu propie jefe podrás dedicarte a derrocar a los jefes”. Es este gusano mental el que me incita a la envidia cada vez que veo que alguien tiene un trabajo relativamente cómodo, ya sea acá en el Sur o allá en el Norte, y que tiene la facilidad de salir a verse con otras personas y participar de proyectos valiosos. Es su voz ponzoñosa lo que hallo repulsivo.

No quiero oírlo, quiero ahogarlo, porque primero me dice (me conoce bien) que no es mi culpa sino del sistema que me sienta agotade, enferme, aislade, desmotivade para hacer nada, y en seguida me propone que el remedio conssite en buscar una mejor posición en el mismo sistema: hacer algo. Pero si la causa y la cura son la misma, ¿qué se puede hacer? Las fuerzas de la esperanza y la desesperanza se anulan, deteniéndome. El espíritu crítico deconstruye hasta no quedar nada salvo el impulso a sobrevivir, que se ha vuelto su único dogma (¡por Fortuna, aunque sea eso lo conserva!).

No quiero hablar de dinero porque ello me saca de la fantasía de ser une revolucionarie temporalmente avergonzade. __________ [1] En masculino.